Por: María Alejandra Olarte Molina

De niña soñaba con viajar. No sabía bien a dónde, pero sí sabía que quería ir lejos. Soñaba con países que veía en los mapas, con idiomas que sonaban extraños y fascinantes, con esos aviones que cruzaban el cielo en las películas y que, sin saberlo, ya me estaban marcando el rumbo. Soñaba sin prisa, como sueñan los niños que todavía no han aprendido que la vida también enseña a esperar.
Los años pasaron y los sueños, discretos pero persistentes, comenzaron a cumplirse. No llegaron de golpe ni con aplausos; llegaron despacio, a paso lento, como llegan las cosas verdaderas.
Vivir en otro país y habitar un idioma que no es el de la cuna es un ejercicio diario de valentía. No es fácil, nunca lo ha sido. Pero como dice el dicho, querer es poder, y con fe y verraquera hasta lo imposible aprende a ceder. Lo verdaderamente duro no es el acento ni las palabras que faltan; lo duro es estar a 12.200 kilómetros de la raíz, de la gente que nombra tu historia, de ese lugar que hace latir el corazón y al que uno llama, con cariño irrevocable, la Tierrita. Es entonces cuando lo cotidiano se vuelve sagrado: el café de la mañana, el almuerzo de mamá, la galleta compartida con la tía y la abuela, la risa abierta de los amigos, el sabor salado del mar y la brisa tibia de la ciudad que te enseñó a ser.
Vivir en Nueva Zelanda ha reescrito mi vida. Estar al otro lado del mundo me ha enseñado el valor silencioso de la amistad y la fuerza profunda del amor familiar. Me ha enseñado a vivir diciembre distinto, ese sentimiento que en el Caribe empieza
desde septiembre y se lleva en la piel, incluso cuando el calendario y las estaciones
digan lo contrario. También me ha mostrado que el éxito no habita únicamente en
los títulos ni en los cargos que se ostentan. El verdadero éxito está en aprender a
sostenerse por dentro: cuidar la salud mental, gestionar las emociones, construir
vínculos honestos, y saber regalar tiempo y presencia a quienes caminan a tu lado.
Cuando se es migrante, estas lecciones no son una opción; son la brújula.

Vivir al otro lado del mundo es despertar con nostalgia, sí, pero también es aprender
a agradecer con los ojos abiertos. Es descubrir los regalos que la vida y Dios ponen
en el camino: la inmensidad de la naturaleza, el aire limpio que se respira, la certeza
de que no existen fronteras más duras que las que uno mismo levanta en la mente.
Es aprender a respetar las diferencias y a entender que todo comunica, incluso el
silencio.
Han pasado 30 meses desde que llegué a este País con mi hija de ocho años y
cuatro maletas cargadas de sueños, para reencontrarme con mi esposo después
de cuatro años de distancia. Hoy, la familia ha crecido: tenemos un hijo de 14 meses.
Mi corazón quedó partido en dos geografías: una mitad en Colombia, con mamá y
hermanos; la otra en Nueva Zelanda, con mi esposo e hijos. Aunque a veces duela,
he comprendido que también se puede amar así: con el alma dividida, pero más
consciente, más valiente y más agradecida que nunca.
